|
Siempre tuve claro que votaría por
Jorge Arrate en esta elección. Pese a no conocerlo mucho. Menos que a
Piñera, Frei, Enríquez-Ominami o Navarro incluso. Frente a ese puñado
de nombres que por distintas razones me producían un rechazo inmediato,
si mi memoria no me fallaba y si mi intuición no andaba mal, Jorge
Arrate era un político que siempre recordaría con respeto. Ni siquiera
me acordaba de qué hechos eran la razón de esa sensación, pero era mi
sensación.
Algo que me llamaba la atención es que nadie hablaba de él...
Los medios –incluso los más
“alternativos”– omitieron su candidatura gratis, por poco
representativa quizás, por mucho tiempo. La contienda era entre tres (y
aún lo sigue siendo para muchos). La candidatura de Arrate era
ninguneada, por decir lo menos. Por eso es que la primera vez que
alguien me llamó, con mucho pudor, para contarme que estaba trabajando
en su campaña, me alegré. Era la primera vez que escuchaba que alguien
votaría por Arrate, que ni siquiera era una opción posible para nadie
antes del primer debate televisivo que se llevó a cabo en TVN. Y por
eso, porque sentía que se cometía una gran injusticia, y porque no veía
en ningún otro candidato una opción verdaderamente de izquierda, por
representar a los que no tienen representación parlamentaria, por todo
eso, accedí a acompañarlo a ese primer debate.
Y me metí a la campaña. De a poco.
Desde pequeña me identifiqué con la izquierda. Mi familia nuclear era
de “centro izquierda”. Incluso vi cómo en una fiesta echaron a un
comunista de mi casa. Porque para la “centro-izquierda”, los comunistas
eran extremistas. O quizás era sólo el miedo de que unos tipos con
lentes oscuros llegaran a buscarlo y cayéramos todos presos. Crecí con
el terror a las fuerzas públicas de todo niño que vivió con los ojos
abiertos en los 80. Mi papá un día me pidió que quemara mi diario de
vida, en el que había una colección de panfletos, instructivos,
volantes de todos los partidos y colores en contra de la dictadura. El
rumor era que estaban allanando en el barrio. La esperanza que traía el
regreso de la democracia -algo totalmente nuevo para mí- era algo que
me recorría el cuerpo, me emocionaba al punto de querer explotar.
Nunca pensé que veinte años después seguiríamos siendo un país cuya
Constitución se escribió en dictadura. Nunca pensé que el sistema
binominal se extendería más allá del gobierno de Aylwin. Nunca pensé
que culturalmente seguiríamos siendo un país poco ilustrado, ni que los
libros fueran tan caros, ni que la educación pública fuera tan mala, ni
que a los políticos les quedara gustando la plata y se olvidaran de sus
propósitos iniciales. Y pese a eso, me fui acostumbrando como todos, me
fui olvidando también, fui dejando de creer en lo que antes pensaba que
era posible. Me acostumbré al país en el que un funcionario aburrido y
mal pagado te dice que “no se puede”.
Eso me ha devuelto Arrate. Esperanza. Izquierda. Palabras que generan
tirria en muchos por pasadas de moda. Yo no quiero una izquierda
gastada, sólo quiero vivir en un país más justo.
Mi voto por Arrate no va a cambiar nada de eso, no sé si reír o llorar
cuando la gente me habla del “voto útil”. El único voto útil es aquel
que es consecuente con mis valores y principios. Y mientras más
personas pensemos así, menos podrán ser ignorados estos temas en la
agenda política. Y quizás así podamos entregarles un mejor país a
nuestros hijos. Un país del que se sientan verdaderamente orgullosos.
Un país en el que crezcan felices.
Fuente: http://arrate2010.cl
|
Pobrecita Blanca Lewin, tan tontita, por algo no le dio mas que para actriz.
Todavia cree en el Viejito Pascuero.